Un día de furia en el super

-por Juan Pablo Alvarez – Hago lo que puedo
UN DÍA DE FURIA EN EL SÚPER

El fin llegó, “la pocalisi”, el día del juicio final. La pelea por la comida que la película Mad Max y tantas otras pronosticaron en la década del 80 y 90 se vivió a todo trapo en la jornada de ayer.

El 50 por ciento de descuento en supermercados, anunciado por el Banco más importante de la Provincia, desató lo peor y lo mejor de cada uno de los bonaerenses, en especial de los platenses, afectados en su enorme mayoría al empleo público.

Hay que verle lo positivo. Se terminó la grieta. Logramos unir a los argentinos. Cajetillas de clase media-alta en búsqueda de ofertas de vinos reserva se mezclaron con los “cabecitas negras” que peleaban por el último paquete de harina marca Ciudad del Lago.

En Walmart no había lugar ni para estacionar el auto. En Coto, hordas de señoras, que se morfan un salamín frito pero compran edulcorante para el té, luchaban por cualquier producto color verde que tuviera el aspecto de light. No importaba si era un flan o un caloventor.

Se compraba porque estaba barato. No había tiempo para mirar detalles como la fecha de vencimiento. Varias personas llevaron yogures Gándara, alfajores con la cara de Mario Kempes y packs de 12 botellas de Montain Dew.

La consigna era clara: correr como prófugo, tirar cosas en el chango y volver a la cola eterna sin perder el lugar. Como un programa de concursos cronometrado.

Mientras en NINI, el mayorista más económico de La Plata, miles de personas buscaban lo más básico de todo: un puto chango.

Este último lugar fue el peor, según testimonios de sobrevivientes. Esta mañana, quienes estuvieron ayer en el lugar de los hechos, daban cuenta del infierno que vivieron. “Yo fui excombatiente de Nini”, relataba entre lágrimas y orgullo un compañero de laburo, y te mostraban el bulto de botellas de aceite conquistado al enemigo.

En Carrefour, donde quien escribe estuvo más de tres horas, se perdió mucho tiempo para entender en qué lugar empezaba la cola para pagar. Era una serpiente sin cabeza ni final que daba vueltas a todos el predio. La confusión era total:

-Perdoname ¿vos sos el último?

-No, esta es cola de la sucursal Glew. Si vos compraste acá en La Plata, tendrías que tomarte en 273 y bajarte en Villa Elisa y volver a preguntar.

En las cajas, las inquietudes eran todavía peores:

-¿El 50 por ciento es por cuenta? ¿Por persona? ¿Por tarjeta? ¿Por producto?¿Por oto? ¿Por onga?

-No sé señora, yo soy el ferretero de la esquina, la caja de Carrefour está más allá.

Así se vivió una de las jornadas de compra más bizarras e históricas que recuerde la ciudad. Un Black Wednesday de leche larga vida.

Mientras tanto, “el chino” de mi barrio veía pasar los fardos de paja y escuchaba a los grillos. Abrazó fuerte a su familia. En la última jugada desesperada por atraer clientes, apeló a un crimen imperdonable: prendió la heladera. Ya era tarde.

Sus cuatro gatos se acurrucaron al lado. Sabían que esa noche no iban a cenar las sobras.

 

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